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De qué se trata

por Alejandro Bilyk
20/08/12

        Figuran entre las cosas más importantes que se pueden ofrecer a los demás en estos tiempos: los buenos libros, las buenas letras, los buenos pensamientos. Si hay algo que le da aún más relevancia a dicha tarea, es que puede ser realizada por cualquiera. Equivale a acercar los mejores maestros en una época de escasos magisterios e insignificantes docencias. Y en muchos casos es contribuir a una doble resurrección, la del autor y la del lector.

        La contraparte, sin embargo, goza de los mismos beneficios. Pero de acuerdo a una lógica prosaica, son sus hacedores los que se benefician de manera abundante. La diferencia entre los buenos y los malos libros, entre los buenos y los malos maestros, no ha cambiado un ápice desde que maestros e ideas existen en el mundo: o la búsqueda honesta de la verdad, que se inicia en lo que se ve y desde allí accede, con esfuerzo, a todo lo que es y debe ser, o la prepotencia del antojo subjetivo, que da comienzo en lo que se desea ver e inevitablemente concluye en lo que nadie desea. Las mismas dos alternativas de siempre: el descubrimiento de la realidad o el desentendimiento de la realidad; el ascenso que sigue a la contemplación del ser y la admiración ante un orden establecido, o el descenso promovido por la fruición de sí.

        Parecen dos caminos: no lo son. Si hablamos de un verdadero camino, un camino que se prolonga desde un punto de partida hasta un destino cierto, y cuyo trayecto efectivamente se puede llevar a cabo, sólo existe uno. Hay un único camino posible, aunque bordeado de paisajes provisorios, espejismos crueles y estaciones de fervor inútil. Con todo, no es poco frecuente el tránsito entre ese camino primordial y los múltiples y fugaces recorridos paralelos. Algunos viajantes cambian de senda, para bien o para mal, llevados por algún punto de nobleza y desprendimiento; o, en sentido contrario, por la ilusión estéril de un destino claro y distinto. Otros, por último, de un lado y de otro, logran apenas mantenerse en el límite o cerca de él; están más atentos a los sucesos de la otra zona. Así ocurre con el hombre en la historia, el peregrino pensante. Ésta es su aventura feliz o desgraciada.

        Por eso, en la galería de Autores (principalmente contemporáneos), una vez asegurado el criterio de selección y establecidas las predilecciones personales y las referencias editoriales, he tratado de extenderme hacia otros nombres y obras no tan cercanos; esto es, de ser lo suficientemente abarcativo, aunque sin traspasar cierta frontera doctrinal y espiritual. No de todos comparto todo y, en algunos casos, apenas algo. Pero incluso ese aspecto parcial se me impuso interiormente como indicador de realidades más complejas, búsquedas intelectuales que deben considerarse o análisis críticos que merecen intentarse. Quedan así expuestas, por cierto, muchas supuestas contradicciones que, o no son centrales, o solamente lo son en apariencia. O respecto de las cuales faltaron tiempo y voluntad para desarmarlas o atenuarlas; y quizás hasta sobraron indignaciones e intereses de grupos y particulares. Sobre todo en nuestra patria, actual tierra de nadie, clímax de la chatura horizontal y la desemejanza vertical.

        También en lo que se refiere a mis disgustos personales me he anticipado a esbozar, desde el inicio, en esta sección, un rumbo definido. Por muy obvio que resulte, hay un registro que determina nuestra oposición al pensamiento y la obra de algunos autores, a los que fácilmente podría señalarse, en cuanto a su difusión, con todos los calificativos del éxito, pero que en realidad preferimos indicar con el epíteto de la masividad. Nombrarse católico supone herencia y reverencia. Para cualquier otra cosa convendría nombrarse de otro modo.

        Frente a quienes se proclaman agnósticos, escépticos, o algo parecido, no recrudece mi adversidad, salvo que opten por la decidida militancia contra la fe o el sentido común, y conduzcan al hombre al odio y la enemistad. La búsqueda, la inquisición sincera y leal, no me presenta mayor problema; es incluso necesaria. El problema crucial radica en la apostasía disimulada, la prédica traicionera y la mil veces fracasada revolución de la inmanencia, que trastoca el valor real de la subjetividad y siempre viene acompañada de la vanidad del cambio y la mudanza. Me opongo, en definitiva, a todo lo que participe en la construcción de ese hombre abolido que mentaba Lewis, ese hombre descendido y aplastado, caído de Dios sobre sí mismo. Rebelde, desaprensivo, manipulable. Un hombre arracimado en una nueva y versátil especie zoológica, más acorde con un mundo de mutantes.

        Aquello a lo que se refieren todas las obras y tratados nacidos en el Evangelio y los variados estilos de pensamiento fieles a la doctrina de la fe, tiene comienzo en la Encarnación del Verbo, se continúa en la comunión de las personas sostenidas en el sacrificio eucarístico y se alza por encima de toda catástrofe histórica, general o individual, en virtud de un fin sobrenatural. Pase lo que pase, aquí y ahora, con las construcciones humanas, entre las cuales tienen primacía la familia y la amistad, ámbitos esenciales de la existencia.

        El itinerario del hombre no consiste en una compenetración de anhelos y zozobras individuales en torno a un reseteo cíclico, ni en formidables estructuras dinámicas. Se trata, al fin de cuentas, de llevar una vida buena cimentada en la esperanza y la caridad, de las almas personales y de su pertenencia al cielo, no de un flujo introspectivo, un sistema eficiente o un magma participado. La indistinción, la falta de discernimiento, la propedéutica de la masificación, son las herramientas más eficaces para alcanzar la ruptura y la desunión. Pero es difícil contar con que detenga su marcha esta suerte de espiritualidad terapéutica, mundanizante, que se propone causar su mayor efecto en el afecto, fingiendo una estatua del hombre, distrayéndolo de los seres y las cosas reales, visibles e invisibles, y desmantelando su inteligencia, instrumento primordial, la facultad primera con que ha sido presentado ante la creación.

        Pese a todo, repito, la adversidad no obliga a la enemistad. Confío en la discusión seria, que no excluye ni la reciedumbre ni el buen humor, y en el aporte sensato de los que deseen acercarse. Quiera Dios que esta tarea resulte un buen servicio.