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Cómo comprar

 

Bibliográfica

en preparación

por Alejandro Bilyk
22/06/15

0) SANTA BIBLIA
     versión Straubinger, traducción y notas, COMPLETA

1) PHANTASTES. COSAS DE FANTASÍA
     de George MacDonald

2) LO QUE TE ESPERA DESPUÉS DE TU MUERTE
     de Albert Frank-Duquesne

3) LEYENDO A TOLKIEN
     de Jorge N. Ferro

4) CHAUCER
     de Gilbert K. Chesterton

5) LA ABOLICIÓN DEL HOMBRE
     de Clive S. Lewis

6) EL QUINTO EVANGELIO
     de Giacomo Biffi

7) DESDE LA EXPERIENCIA DEL PENSAR
     de Martin Heidegger

8) CASTELLANI (1899-1949)
     de Sebastián Randle

9) ALARMAS Y DIGRESIONES / EL ACUSADO
     de Gilbert K. Chesterton

10) LA DESCOMPOSICIÓN DEL CATOLICISMO
     de Louis Bouyer

11) SAN MIGUEL, ARCÁNGEL DE DIOS
     de Alfredo Sáenz

12) SATÁN
     de Albert Frank-Duquesne

13) TRES ECOS DE SHAKESPEARE
     de Enrique Prevedel

14) LA MUERTE DE LA CULTURA CRISTIANA
     de John Senior


• La descarga es gratuita

• Las primeras 8 obras sólo en PDF por el momento    pulsar en cada título, y una vez en la página pulsar “digital” en el menú de la derecha para descargar el archivo

• A partir de la 9ª, también en formato MOBI y EPUB    los vínculos para la descarga desde MEGA y MEDIAFIRE están en el cuadro de la reseña de cada una

Aníbal D'Angelo Rodríguez

por Alejandro Bilyk
24/02/15

In memoriam

Aníbal Domingo D'Angelo Rodríguez

15 de junio, 1927

21 de febrero, 2015

En este mundo, hay dos clases de personas.

Por un lado, están los que no lo conocieron.

Por otro, los que tuvimos -Dios sabrá por qué- el raro privilegio de saber que vivió entre nosotros uno de los últimos afables caballeros de lucidez y coraje que parió la Argentina, si acaso no fue el último.

[del blog Ens]

*  *  *

«El mundo moderno, enfermo de igualitarismo, rechaza considerar la existencia de hombres superiores y hombres inferiores y no entiende –en consecuencia– la catástrofe que significa tener una clase dirigente formada por hombres inferiores».

(del Prólogo a Perogrullo & Compañía, de Leonardo Castellani)

descargar desde mega

Celoso guardián

por Alejandro Bilyk
21/11/14

 

En el apreciado blog Castellaniana han resuelto otra vez darle cabida a los comentarios de un tal “Pampeano”, quien, como fruto de sus rondas, y según lo que se deduce de sus ironías, aparentemente pudo comprobar la existencia de ejemplares clandestinos de algunas obras del padre Castellani tanto en una “librería de la calle Solís” como en Vórtice.

Todo lo que podía decir al respecto ya lo dije mediante nota que el mismo blog tuvo la gentileza de publicar en su momento (también figura acá abajo), y de la cual no corrijo una coma. Pero aprovecho la insistencia del celador para incluir ahora otras cuestiones, parte de las cuales hacen a la vida íntima de un humilde emprendimiento familiar y amical como Vórtice, cuya marca está sostenida en nombres y apellidos que este guardián anónimo ha decidido ensuciar en cumplimiento de alguna misión desconocida.

1) Vórtice es, específicamente, una editorial que hace ya muchos años no realiza tareas de distribución de otros fondos editoriales, pero aún cuenta con una pequeña librería que atiende en horarios reducidos y en la cual se exhiben y venden, acorde a las posibilidades físicas del local, una selección de otros productos editoriales aparte de los propios, con especial énfasis en algunos autores.

2) Uno de los autores que se privilegian es, lógicamente, Leonardo Castellani, pues no por nada la primera obra que decidimos publicar, allá por 1989, fue El Apokalypsis de San Juan, que dio comienzo a nuestro oficio editorial. Vale la pena recordar que, luego de haber editado cinco títulos más de tan querido autor (incluidas dos reediciones), a causa de razones ajenas tuvimos que dar por terminada la tarea. La involuntaria cesura tuvo por broche o frutilla la misma obra con la que nos iniciamos, El Apokalypsis, que reeditamos en 2005; sin embargo, esta suerte de paradoja recién la pudimos constatar años después, en 2008, cuando nos vimos obligados a deshechar la edición ya terminada de otro libro del padre, Perogrullo y Compañía, que sin embargo había sido convenida con el entonces tenedor de los derechos. Lo hecho, hecho quedó. Todos los títulos editados siguen figurando en nuestro catálogo, aún agotados, como punto de orgullo. No nos dio oro, nos dio dicha, que es más valiosa que el oro.

3) Desde el 2005 hasta al presente, la única obra de Castellani que se publicó en la Argentina fue Juan XXIII-XXIV, por parte de la librería Lectio (Córdoba), en 2013. Hubo ediciones de algunas de sus obras en España, pero sólo llegaron a pocas librerías argentinas, en exiguas cantidades y a precio elevado. Según se informa, también su Lugones tuvo acá una reedición a cargo de la Biblioteca Nacional, mas formando parte quizás de alguna colección protocolar, pues no circula. En definitiva, han pasado casi diez años con apenas la edición argentina de un solo libro (o dos) de Castellani, y hay que apuntar que tal ausencia no se debe a la falta de interés de las editoriales argentinas, al menos de varias de ellas, incluida Vórtice.

4) Además de que conservamos ejemplares de dos de los títulos editados, La reforma de la enseñanza y Cristo ¿vuelve o no vuelve?, más otros pocos que en su momento fueron adquiridos a su anterior editor, Jorge Castellani, y a la anterior poseedora de los derechos, Irene Caminos, no sé si hace falta explicar que todo libro suyo que nos ofrecen, nuevo o usado, es en Vórtice bienvenido, bien pagado, bien exhibido y bien vendido. No tenemos ninguna obligación de cuestionar o investigar la procedencia, del mismo modo que no nos interesa en lo más mínimo conocer la identidad o la función de los comentaristas vigilantes. Que se apersone, en todo caso, quien corresponda. Mejor por sí que por apoderado.

5) Pero además, ¿no te das cuenta?, éste es el resultado de una inexplicable terquedad (lo digo sin ningún ánimo ofensivo) que ya es hora de considerar. Supongamos que alguien obtuvo del estado, por equis motivo, la concesión de la laguna de la que bebe el pueblo, y a partir de entonces los pobladores se vieron impedidos de acceder a ella porque el concesionario la alambró y se ausentó o se cabreó o qué sé yo. Estaban todos dispuestos a pagar por el consumo, dadas las circunstancias, pero: o no le pareció nunca suficiente el precio justo, o tenía la expectativa de que alguien invirtiera en una gran cisterna que en menor tiempo le diera mayor beneficio, o intentó mudar de país la laguna pero sólo consiguió estibar unas cubas, o quizás se obstinó en imponer el sabor que debía tener esa agüita para el que la bebe. Sea lo que sea, la laguna siguió vedada, y como la sed no se puede controlar, tarde o temprano los pobladores iban a hacer lo que empezaron a hacer: entrar por las noches con unas cubetas, treparse a las ramas con baldes encordados, ocultar tuberías en el pasto... Al final armarán hileras para pasarse los tachos de mano en mano, como se hacía para apagar un incendio antes de que se inventara la manguera.

6) A cada cual lo suyo, ¿quién lo niega? Más todavía: ¿quién lo impide? Pero atengámonos a un principio moral y un requisito del sentido común tan viejo como el Primer Antepasado: el que obtiene un derecho, obtiene a la vez un deber. Principio fortalecido por el Evangelio: obtiene ante todo un deber. Así que: explíquese o cállese. Mejor aún: restitúyase y edítese. Pero ya basta de vigilar y rezongar.

7) ¿Un título cada diez años? ¿Cuánto falta para que El Evangelio de Jesucristo vuelva a caminar? Va de vuelta: ojalá los libros que escribió el padre Castellani recuperen en la Argentina el lugar que se merecen, que los argentinos se merecen. “Que todos quieran ayudar”, incluidos los vigilantes. Lo quiera Dios.

Estrategia comercial

por Alejandro Bilyk
30/10/13

Hablemos de negocios.

La web es multípoda. Definitivamente lo es, sobre todo en lo que hace a las redes sociales, donde las producciones y los sucesos pueden estirarse sin límites. Multípoda y elástica, así es la red. Nadie sabe bien qué puede provocar el millonésimo tentáculo cuando llega a su incierto destino. Algo que se inició en el punto alfa, rodeado de silencios y mesuras, puede asomar la cabeza en el punto omega, como pechugona que sale de la torta, para habilitar el festejo. Exagero, lo sé: aunque ocurren cosas así, no ocurren todos los días ni se pueden planificar, al menos hasta donde sabemos, o hasta donde queremos. No obstante, sostengo la imagen y digo que acá no sólo es posible mostrarse, sino algo mejor aún: mostrar. Y lo que se muestra puede, más que desarrollarse, desenrrollarse.

   Me sorprendió leer, en un comentario de una entrada compartida (mirá vos cómo hay que hablar), que una persona aseguraba no entender cuál era mi "estrategia comercial", desde que me decidí a "regalar" la versión digital de un libro que acabo de editar, el "Chaucer" de Chesterton. Su amable anfitrión le respondió que, de este modo, quien no tuviera el dinero para pagarse la edición (el libro en papel) podía no obstante tener acceso a esa buena lectura.

   Otro despotricó un poco contra el inmenso Gilberto, afirmando que impone tanto su personalidad que, al leerlo, se termina sabiendo más de él que del tema tratado por él... Al cual le respondo de manera rápida y remota diciendo que un gran autor sigue siendo tal aun cuando oficia de biógrafo, y en eso mismo será inmejorable, ya que sólo un gran autor puede realmente alternar con su biografiado. Nuestro tamaño está en lo que adoramos: allí se mide lo grande y lo pequeño. Es justamente debido a su grandeza que Chesterton, al hablar de Chaucer, logra que Chaucer hable de Chesterton, para que al fin los dos, con siglos de distancia entre medio, terminen conversando delante nuestro, desde más allá del mar y del tiempo, sobre Alguien superior a ambos, más elevado que los siglos y más profundo que los océanos, y más amplio incluso que el propio Chesterton.

   Pero volvamos a esa curiosa expresión moderna, la de la "estrategia comercial". Repito, en primer lugar, lo que fue dicho en una entrada anterior: el "Chaucer" de GKC no tiene dos ediciones –una impresa y otra digital– sino una sola, digital; la cual está preparada para ir a la imprenta, pero también para que acceda de manera simple a la pantalla o a la impresora de cada cual, convirtiéndose así en una impresión doméstica. En segundo lugar, esta edición digital/pre-impresa (ya exploraré neologismos) es completamente gratuita y no forma parte de una estrategia comercial de ningún tipo. Si la hay, todavía no se me ocurrió; y si se me ocurre, la voy a arruinar. Así que aviso: los que quieran venir a comprar libros de papel, bienvenidos, pero blogueros y megustadores tendrán el mismo descuento que cualquier conocido –con la debida acreditación. Ahora bien, si no vienen  jamás, o son de esa clase si-te-he-visto-no-me-acuerdo, y lo único que quieren es leer buenos libros sin costo, pues ahí tienen los libros; por ahora hay sólo cuatro pero habrá más, con salud y algo de tiempo.

   Llegados a este punto, tal vez ya podemos dejar de lado eso de la estrategia comercial y emplear mejores términos. Déjenme entonces decirles algo más: pocas veces encontré una generosidad tan espléndida como la del querido Carlos Rafael Domínguez, que no sólo ha traducido varios de los libros que ya edité y varios de los libros que, si Dios quiere, voy a editar en el futuro –alguno en papel, no se crean–, sino que además, a sus 85 años, sigue adelante pico y pala en los cimientos de Babel... Con un ejemplo así, sumado al de su amigo Antonio Pío, ¿qué otra cosa puedo hacer más que tratar de seguir la estela? Son personas como éstas, y otras más que ya mencioné en su momento, las que permiten que los grandes naveguen los ríos revueltos y desembarquen su celebración en cualquier dársena. Hay quien sabrá conseguir, por aquí y por allá, otra versión castellana impresa del "Chaucer" de GKC. Pero ahora, gracias a ellos, puede conseguirla quien quiera y en todos lados. Por mi parte lo celebro: soy de lo peor pero me rodeo de lo mejor.

   Ésa es mi estrategia, aprovechar los recursos y conservar estos libros, aunque un día me harte de los caprichosos tentáculos del pulpo social y emprenda la retirada: quedará la página "web" y aún habrá otros alojamientos en el éter. Conservarlos aunque de un puntapié me saquen de la "nube": los enviaré por "mail" o se traerán un "pen" y les haré una copia –mientras tomamos un mate... si estoy con tiempo y me caen bien.

   Pero si se acaba la electricidad, o se cae para siempre el sistema, o el pulpo encuentra su cabeza... ahh, entonces sí, escuchen mi consejo: imprímanlos en casa y consérvenlos al viejo estilo vegetal, por si acaso. Y en tiempo oportuno abandonen la red, la web, la nube y el chat, vuelvan al papel y agárrense de la mano de los grandes, de los niños como Chesterton. Liberados de prisas y estrategias, déjense llevar por esas manos de tinta, manos de pluma, manos aladas, y disfruten de las cosas buenas que puede hacer el alma en la tierra cuando conoce el modo de escribir en el cielo.

El libro dual

por Alejandro Bilyk
15/05/14

 Aunque son cada vez menos los que pueden arriesgar una definición de "alma" –en el exhausto círculo de quienes aún sostienen su existencia–, son cada vez más los que pueden explicarnos qué es un geek o un stalker. En este terreno, obviamente, la polémica es limitada, ya que “googleando” todo se conoce. Una rápida búsqueda “wiki” y tenemos lo que queremos, sea el alma  o la capital de Camboya. Sin embargo, no deja de sorprender el metabolismo de este lenguaje informático, la pasmosa facilidad con que se auto-reproduce mediante ramas de fonemas de aplicación instantánea y global. A cada nuevo sustantivo electrónico, un curioso verbo existencial: “twitear”, por ejemplo.

      Lo que resulta especialmente significativo, en relación con esta entrada, es que los vocablos concernientes al libro, o más específicamente, al libro digital, como rtf, doc, pdf, lit, epub, mobi (meras conjunciones de siglas, abreviaturas ordinarias y vocalizaciones provincianas), queden tan lejos de los conceptos y tan cerca de las onomatopeyas y los tropiezos labiales.

      Empecemos por evitar el lenguaje soez. Acá, en este sitio, como mucho –y con angustia– se dice libro o lector digital, para diferenciarlo (forzosamente) del verdadero libro, el de tinta, papel y cartulina. Toda otra cosa son marcas de fábrica y anglosajonadas chinas. Espero que se e-ntienda.

      Vamos al punto. La disyuntiva parece simple: o libro de papel, o libro digital. Sin embargo, un texto armado puede ser ambas cosas a la vez, si es que se arma el original pensando en este doble destino, la imprenta y la pantalla. Por mi parte, no pienso someter un libro preparado para la imprenta a un programa pirulo que, al convertirlo a formato digital, lo deshace, le anula la justificación, le desparrama los guiones, le come los espacios, le pisotea el diseño y luego te manda a buscar las notas al sur de Camboya. Y encima lo deja inservible para la imprenta. Es una cuestión de principios, digamos, pero también de contabilidades. Las grandes editoriales pueden diversificar los productos porque tienen una tropa en cada departamento, mientras que yo estoy solo en un departamento con olor a tropa.

      Hay algo más. Tal propósito me permite conservar una ilusión intermedia: el libro quedará listo para su impresión, pero si no llega a la imprenta grande –por eso de la falta de flujo financiero–, puede llegar a la pequeña, la impresora personal. Y una vez impreso, si su operario doméstico lo hace encuadernar decentemente, va a parecerse más a un libro clásico que a un acrílico moderno. Además, como digo, tambien podrá ser leído en la computadora o lector digital, si así lo prefieren. Dos en uno. Y gratis.

      No sé después de cuánto tiempo y de cuántos libros llegaré a la medida más apropiada (de fuentes, márgenes, caja), pero no me vendría mal que colaboren, indicándome qué falta y qué se puede mejorar. Los tres libros ya editados bajo este concepto (Phantastes, Leyendo a Tolkien y Lo que te espera después de tu muerte) contienen un defecto en este sentido: no se pueden leer bien en las pantallas más chicas. Eso se debe sobre todo a la falta de experimentación –y de pantallas más grandes. No estoy en condiciones de reprochármelo tanto, ya que la presbicia cunde; aun así, en el que viene,Chaucer, creo haber mejorado también ese aspecto... y tal vez desmejorado algún otro. Nada es perfecto, acá y por ahora.

      Seguiré adelante con las ediciones impresas, por supuesto. Como dije, no es sólo una cuestión de principios, sino también de contabilidades (de algo hay que vivir). Pero seguiría aun si el libro digital llegase a reemplazar por completo al libro de papel. Porque, como dije, no es sólo una cuestión de contabilidades, sino también de principios.

      La única mala palabra que acepto es “pdf”. En ese formato me planto, al menos hasta que no inventen un procesamiento más integral y una nueva gárgara lingüística. Y si digo que me planto, me planto, por mucho que mis amigos tecnologizados me recomienden marcas parecidas al huevito de chocolate e insistan con las delicias del –con perdón– “mobi” o “epub”. Aun si llegara a incurrir en ellos (el conservadorismo es el palo en la rueda de la prudencia, caramba) no traicionaré al –con perdón– “pdf”. Nada más que para que quien quiera papel lo tenga.

El libro digital

por Alejandro Bilyk
19/10/13

Es indudable que está llegando para quedarse. Y es fácil predecir que su desarrollo técnico será incesante, que va a ser de uso común y que va a reemplazar, en la vida de muchas personas, sobre todo las más jóvenes, al libro de papel. El margen de duda –y espacio de discusión– es el siguiente: si va a terminar desalojando definitivamente al viejo libro; si va a generar un nuevo modo de lectura (y con ellos, de proceso mental); y, en definitiva, cuán beneficiosa o perjudicial será su tecnológica aparición, dada la multitud de aplicaciones que trae aparejadas.

     En principio, es nada más que una herramienta. Si bien asombraría a un hombre de principios del siglo XX (no hay que ir muy lejos), no deja de ser un artefacto y un vehículo. Igual que lo fue, y aún lo es, nuestro libro impreso, que tal vez irá convirtiéndose en un producto como de talabartería, un objeto decorativo, el habitante mimado de algunas futuras tiendas de antigüedades.

     La nueva tecnología textual es instrumental y moralmente neutra, sí. Tanto como la energía atómica. Pero, todo sea dicho, también los aromados libros de papel fueron portadores de desorden y destrucción. Nuestros mayores problemas nunca empiezan por lo que ponemos afuera, sino por lo que ponemos adentro.

     Dejemos por ahora tales consideraciones. Lo cierto es que un editor actual no puede quedar al margen de este desarrollo. El libro digital ya forma parte del escenario de su oficio. Respecto del libro de papel, el tema a plantearse, mirando al futuro, es si deberá a la vez conservarlo o de una vez abandonarlo. Es temprano no sólo para decidirse, sino incluso para asegurar que llegará el turno de una decisión de esa naturaleza. Por ahora conviven papel y pantalla, y por un buen rato así será. Pero es indudable que ya, ahora mismo, han cambiado las reglas de juego.

     Hay un aspecto, algo parecido a un giro de la fortuna –no precisamente de la fortuna material, pero sí en relación con ella–, que saltó a mi vista hace unos años, apenas presentada la innovación tecnológica: ¿no será éste el camino para editar y reeditar las obras de tantos autores que no sólo quedaron afuera "del mercado" por razones de oficialismo cultural y esnobismo general, sino también por la impotencia económica que caracteriza al pequeño club de editores del que me complace formar parte?

     En otras palabras: todos estos grandes autores apenas ganaron una moneda con su talento, y creo haber sido al menos coherente con ellos (y con los que me antecedieron, y con los que me acompañan) ganando apenas una moneda con mi impericia. Perdido por perdido, el desenlace está cantado: ¡victoria! ¿Qué mayor honor y felicidad que poder al fin editar y difundir gratuitamente? ¿Qué mayor libertad?

     Claro que, electrónicos o impresos, seguimos hablando de libros. Por eso, perro viejo, lo que haga, lo haré a mi manera. De la que daré explicación en una próxima entrada, en vísperas de la aparición del cuarto libro de nuestra Biblioteca Digital.

Librerío: primeros ajustes

por Alejandro Bilyk
12/12/12

La palabra librerío no existe en nuestro diccionario. Apenas se encuentra como nombre comercial en algún rincón de la red, sin que conste su significado. No tengo pretensión de fundar un neologismo (eso lleva mucho trámite), pero aprovecho la vacante y la empleo en esta columna, ya que en varios sentidos se ajusta, o puede ajustarse, a lo que quiero decir.

Su connotación es amplia: libro, libre, río, lío. Y, por supuesto, librería. Todo lo cual da forma a una semántica salvaje, ya lo sé: es cosa por la que tengo afición. Si quisiera construir una definición más o menos ordenada, creo que lo haría de esta forma: “librerío son los libros como caudal insubordinado, turbulenta correntada de agua, barro y mugre”. O sea el amasijo literario en el que estamos inmersos, que es una de las causas principales de nuestro estado mental. Asombroso y paradojal a la vez, pues, si la vista y el oído no me fallan, cada vez hay más libros pero cada vez se lee menos.

 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “libros”? Es difícil saber adónde fue a parar esta denominación, desde que el surgimiento del e-book dejó de lado la característica básica del libro tal como lo hemos conocido hasta hoy: una serie de hojas impresas y unidas por el lomo. Pero, siendo objetivos, con la aparición de la imprenta, el libro ya había dejado atrás su antigua forma de papiro o pergamino manuscrito y enrollable, tal como se empleó durante siglos. El cual, a su vez, fue la superación de la escritura sobre tablillas de arcilla o de madera. Corteza o pergamino, papel o pantalla, todas son instancias históricas del “libro”, en cuanto cumplen esencialmente el mismo objetivo: ser depósito perdurable del pensamiento. La apariencia es secundaria, en principio.

Del mismo modo que una carreta no es idéntica a un automóvil, un rollo de pergamino no es idéntico a un volumen impreso, ciertamente. Pero en ambos casos hablamos de vehículos cuya razón de ser no se ha modificado: la carretera y la literatura. Y la finalidad también siguió siendo la misma: unos transportan cosas, animales y personas; los otros escrituras y lecturas. Dejemos para más adelante la incidencia de cada formato específico en la operación del entendimiento y prestemos atención a este otro punto: aquello que llamamos “libro”, tenga el aspecto que tenga, es un medio de transporte de pensamientos, definiciones, revelaciones, modos de expresar la vida y el mundo, puntos de vista, imaginaciones, posturas frente a la realidad.

Depósito y vehículo, eso es un libro. No es que la modalidad de escritura o de lectura no tenga importancia, sino que cumple una función inferior y subordinada. Un libro es literatura y la literatura es pensamiento, y el pensamiento responde a otra clase de formatos: lo cierto y lo falso, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo. Lo demás es secundario. Cualquier modalidad de escritura sirve para trasladar, por ejemplo, esta sentencia de un premio nobel que encontré impresa en un suplemento literario, a modo de frase para la agenda: “Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida”. Si este pensamiento viaja y perdura, ¿qué importancia tiene el modo en que lo haga? Esta afirmación de Vargas Llosa no es sino la reiteración de un engaño que sigue dando la vuelta al mundo: lo importante es el libro, no su contenido; lo que importa es la lectura, no lo que provoca.

Recuerdo a Filmus ministro, en el 2007, en plena campaña por la intendencia, inaugurando la Feria del Libro argentina y vanagloriándose de haber entregado gratuitamente a los porteños un millón de ejemplares diversos, entre los que se contaban escritos de Rodolfo Walsh y Marcos Aguinis. En realidad no eran libros, sino folletos de 16 páginas, con sendas cartas introductorias de Heller y el propio Filmus. Una nota en un periódico concluía con esta graciosa reflexión: “El kirchnerismo se esperanza con que al menos los porteños les den una leída antes de encontrarles alguna utilidad”. Filmus la copió en su página.

El libro, nada más que el libro, sea de quien sea, diga lo que diga, es objeto de veneración, motivo de dicha, signo de salud espiritual. Un ídolo. Pero repito: no es una ingenuidad sino una falsedad, un engaño. Hay dos clases de censura: convencional y encubierta. Por mandato prohibitivo y por dominio del “mercado cultural”. Está a la vista cuál es la única eficaz. Pero me conformo en esta ocasión con solamente rozar el asunto.

Si es para leer ciertas cosas, ¿es conveniente que la gente lea? No se trata de leer o de leer bien, como dice el nobel, sino de leer algo que haga bien. Hasta donde sea posible, bello; pero sobre todo cierto. Es lo único que se puede “leer bien”. Para el peruano, por el contrario, fuente de libertad y felicidad es la incertidumbre, “una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”. Ahí tenemos una idea dañina puesta en un envase ordinario, más bien mersa, de fácil consumo.

En fin, da lo mismo que el pensamiento viaje en onda electrónica por la red o en las alforjas de un camello por las orillas del Caspio. Cualquiera sea el formato, el error seguirá siendo transportable y perdurable. Pero también la verdad, aunque ya no lo parezca.

Letras, ideas, posiciones: hacia allí nos dirigimos. No creo que sea necesario inventar más vocablos para representar la turbulencia actual. Ni necesario ni conveniente, al menos para mí. Si no me controlo, mi mente vana, buscando interpretar el presente estado del pensamiento y la literatura, no logrará sortear un imaginario acoso de letreros, letrinas y deposiciones.

 * * *

En este nuevo formato de e-book o libro “digital” se llevan publicados cientos de miles (por decir una cifra) de títulos antiguos y modernos. Sin embargo, a la par, siguen imprimiéndose cada vez más libros “de papel”. Es decir, continúa aumentando la cantidad de ediciones en ambos formatos. En otras palabras: el e-book no es una modalidad de reemplazo, no todavía, y quizás nunca lo sea (aunque su producción ya no se detiene). Lo que digo es fácil de constatar, recorriendo librerías, catálogos y suplementos literarios. Se cierran librerías, sí, pero se abren otras, reales o virtuales, y todas rebalsan de volúmenes, novedades y reediciones. En todos los tamaños y para todas las aplicaciones. Se puede verificar de manera sencilla, contando los títulos mencionados en un solo ejemplar de un suplemento literario. Aun filtrando, para mayor comodidad, los libros de cocina, las cartas secretas de Clark Gable a Lady Margot y las visiones de la duquesa de Jarapatilla, la cantidad de ediciones impresas y digitales es abrumadora.

Como una reconquista que provoca mayor emoción esa segunda vez, el libro pasó a ser ahora objeto de devoción. Sin embargo, es difícil encontrar a alguien leyendo; con suerte, algún joven solitario en un umbral o en un tren. Las últimas imágenes que tengo son de hace bastante y se ubican en colectivos: un muchacho esmirriado con un libro de Savater y un joven rabino con su Torá. De esto último tengo pruebas; de aquello no, estaba lejos. Así que, ¿quiénes leen tantos libros? Por todos lados se ve a la gente apretando teclas, no pasando páginas, ni siquiera páginas electrónicas. ¿Los tomos se acumulan en la mesita de luz y se degluten noche tras noche? ¿La gente asiste a las bibliotecas públicas? –¿quedan bibliotecas públicas? ¿Leen 10 páginas de cada libro y los abandonan para siempre? ¿Los reader, cargados a reventar, sirven de adorno? Tal vez un tres por ciento de la humanidad se encarga de asimilar el noventa por ciento de los libros editados, a modo de un experimento gnóstico. O en una de ésas –no sé si me sorprendería– sólo los buenos libros encuentran verdaderos lectores, y lo demás es filfa.

La situación actual también se podría describir como el repunte previo a una enfermedad o un peligro terminal: imagen bradburyana que es útil considerar, aun cuando se advierta, en principio, algo muy  distinto. ¿Mayor variedad y tiradas reducidas? También está eso, aunque no alcanza para justificar la cantidad de librerías, reales y virtuales, y la abundancia de sus listados y estanterías. Y apenas me atrevo a pensar en el surgimiento de otro canal de blanqueado, pues parece un absurdo que hasta Volkoff descalificaría. Pero, insisto, todo debe ser considerado en la primera aproximación.

¿Cómo se explica tal estrépito literario? ¿Acaso el género humano, en su mayor parte, se volcó a escribir y a leer sin cesar? Quizás me veo condicionado por la realidad de mi propio contexto y oficio, y en realidad éste es un fenómeno principalmente argentino, o aun más, específicamente porteño. Podría haberme inclinado hacia esta hipótesis en la segunda mitad del siglo pasado, en pleno auge de la “ciudad que no duerme”, pero lo cierto es que muchas de las características de aquella Buenos Aires desaparecieron; ésta tiene otros motivos para el insomnio. De todos modos, una realidad más abarcativa queda indicada en las “ferias del libro” locales o internacionales, donde se puede apreciar la cantidad de títulos editados en muchos puntos geográficos, además de las grandes ciudades.

Confieso que no quiero ir de inmediato a la respuesta sencilla; a saber: que realmente se leen todos los libros que se editan; no todos los ejemplares de cada título, pero sí una buena cantidad. Eso explicaría muchas cosas, mas no soy dado a creer en las explicaciones simples; no al menos en las explicaciones tan simples. Habría que demostrarlo, y demostrarlo es imposible. Porque, además, está fuera de duda que todos dedicamos, quien más, quien menos, una cantidad de horas diarias a la pantalla. Lo cual conspira contra la lectura convencional, no sólo porque falta el tiempo físico, sino porque empieza a faltar el ojo físico. Y ni qué decir la capacidad de atención. En fin, lo único que podemos hacer es tratar de construir una hipótesis. O mejor dicho, proveernos de elementos para construir una hipótesis.

Pero antes de llegar a eso, algo más. Es procedimiento rutinario el intentar determinar, ya puesto un resultado, qué acciones o sucesos condujeron a él. Por ejemplo, si se eliminó en una persona su atracción natural hacia los animales, tal vez se deba a que a partir de cierto momento su casa fue invadida por los perros; y si son las flores las que ya no soporta, quizás haya ocurrido que su esposa lo encerró durante un mes en un vivero, o en una sala repleta de las deshojadas margaritas de Vargas Llosa. La saturación es una estrategia eficiente: siempre genera un fuerte sentimiento de repulsa, que muchas veces perdura. ¿Es esto lo que ocurre, un contra-fahrenheit? ¿Nos inundan de lecturas para que, en última instancia, la acción de leer (y de pensar) nos termine repugnando? Encima, hay manipulaciones y repeticiones ideológicas que son como rebencazos en el lomo, pero facilitan la domesticación.

Sea por agotamiento, miedo, hartazgo o acumulación de incertidumbres, el punto de llegada es siempre el acostumbramiento. Exista o no un plan, existe un resultado. Pero si el plan existe, ¿qué hombre o grupo puede tener el poder suficiente para llevarlo a cabo? Contra esto, ¿quién dijo que se trata nada más que de un plan humano? No descarto la advertencia de Chesterton: una buena novela de detectives no debe contar nunca con una aparición sobrenatural para la resolución del crimen. Claro, Chesterton sabía que ese recurso estaba reservado a la más sublime de las novelas de detectives, escrita a lo largo de capítulos inmensos que recorren la entera historia del mundo, con personajes fantásticos y oscuros y seres invisibles o triviales que se dirigen a un desenlace imposible de imaginar.

Es cierto que no hay que achacarle al maligno aquellas cosas en las que nos destacamos por nuestra cuenta, sin necesidad de aporte externo. Pero, por bueno que sea nuestro desempeño, parece haber algo más, algo que hace cada vez más sólida y perdurable esta curiosa edificación literaria. Algo como un revoque que no es aplicado por el albañil durante la jornada, pero que el hombre encuentra allí cada mañana al retomar su tarea.

Las imbecilidades, las injusticias, las crueldades, las canalladas que conocemos y presenciamos todos los días, nacen de errores y malas disposiciones que tienen su origen en algunos puntos neurálgicos, la crianza y la docencia sobre todo, pero también la literatura, el pensamiento escrito, sea ensayo o novela, impreso o digital, manual o revista, cartel o folleto.

En lo que hace a nuestra exclusiva competencia terrena, me inclinaría a pensar que aquello que denominamos “mundo cultural” –principalmente su núcleo central: artistas, pensadores, profesores, críticos, productores, comunicadores– no es más que una abigarrada y estática turba en la que cada uno de sus miembros señala con pasión hacia un lugar distinto, y aún más apasionadamente defienden la ilusión de que se dirigen al mismo lugar. O mejor, una calesita grande y veloz en donde los jinetes gritan, giran, disfrutan y practican ademanes victoriosos con sus espadas magníficas, mientras sueñan que avanzan hacia la tierra de fantasía. En definitiva, no saben lo que hacen ni hacia dónde van, pero lo ejecutan de manera exultante. Ahora bien, si tales imágenes son aceptadas, es porque ponen en evidencia algún tipo de realidad más compleja, lo cual es indicio de una acción externa a la de los centros culturales; y, en el fondo, extrínseca a la libertad humana.

Paparruchas mías, seguramente. Proceden de suponer con ingenuidad que sé muy bien cuáles cosas no desatendería en ningún momento, si fuera el diablo. Pero aun cuando respecto de varias cosas pueda comportarme como una clase de diablo, no lo soy. Y dado que las suposiciones e imaginaciones referidas a esa creatura no se deben tomar a la ligera, ya mismo cambio de párrafo.

Para venir a anoticiar, a quienes no lo sabían, que el pasado 17 de noviembre, desde la madrugada, se congregaron alrededor de 40 mil personas en las inmediaciones de la librería El Ateneo (Santa Fe y Callao, Buenos Aires). Cuadras de fila y horas de espera. Hacia el mediodía se conoció el motivo de la congestión: de tres camiones de mudanza empezaron a descargar ejemplares del  libro Nada que perder, autobiografía de Edir Macedo, brasileño fundador de la “Iglesia Universal del Reino de Dios”, con 30 millones de seguidores sólo en su país. El holding Planeta, editorial a cargo, informó que se vendieron en esa ocasión, a razón de pesos 90 cada uno, y directamente en la vereda, cerca de cincuenta y seis mil ejemplares de la historia del “obispo” pentecostal, con sabrosos detalles de su estadía en la cárcel. El dato parece más que suficiente como para suscitar la curiosidad de tantos miles de personas, aunque adivinamos que el libro también incluye otras muchas ideas y travesuras de este hombre que paró de sufrir hace rato.

Es nada más que el extracto de una columna en letra chica, en la página 3 de otro suplemento literario argentino. El mismo desde cuya penúltima página, la 28, en un recuadro aún más pequeño, la escritora mendocina Liliana Bodoc nos anticipó el contenido de su próxima novela: el evangelio según un perro que acompañó a Jesús durante sus últimos días.

 * * *

La mayor parte de la literatura moderna es una extenuante repetición, no de ideas gastadas, sino de ideas que jamás pudieron usarse. Una y otra vez las mismas, dichas de infinitas maneras a lo largo de los siglos, en cantidad y variedad suficiente como para mantener al gentío de cada época medianamente expectante y contenido. Y acostumbrado. Ideas que siempre proclaman en primer lugar la felicidad del individuo, para mantenerlo peripateando sobre sí mismo dentro de un circuito asegurado.

El criterio de verdad, para este avejentado pensamiento, sólo consiste en aquello que es posible inventar o imaginar. Sus promotores han trabajado incansablemente para que el hombre apague su instinto religioso, reniegue del misterio, tuerza su creencia, ignore la revelación, se aleje de la realidad. Y la primera realidad que el hombre desatiende es, paradójicamente, su propia alma. Sin la razón, el hombre queda encerrado en un túmulo, donde ya sus expectativas resultan inservibles. La imaginación se atiborra de sí misma y, al fin, literalmente hablando, se abarrota. Por eso la literatura actual se reduce casi enteramente a la ficción y al efecto visual, y esta capacidad de fingimiento es el único talento que se exige y que se aprueba. A eso quedó atado el arte y todas sus manifestaciones, porque a eso quedó atado el pensamiento: a la imaginación y al deseo. Una trayectoria evasiva, un centro de diversiones, una fábrica de imposibilidades: es muy difícil hallar un punto de verdad dentro de una literatura cuyas únicas razones proceden de la propia literatura.

La inteligencia, una vez alojada en el espacio de una idea errónea o absurda, o lo que es casi lo mismo, en la periferia de un mal libro, sólo conserva la capacidad ilusoria y pugnante propia de una jaula. No una jaula pequeña y angosta, sino tan extensa y amplia como el mundo que se percibe a través de los barrotes. ¿Con qué se alimenta el hombre? Con algo de comida que le arrojan y un tacho de agua roñosa. Con frases sueltas.

Las diferencias esenciales se dan entre los distintos pensamientos, es decir, entre los distintos autores. Pero el viaje a través de la mala literatura y los malos libros –las ideas confusas, las fabulaciones egocéntricas, los clausurados senderos imaginarios, las incertidumbres– es siempre el mismo, sea cual sea la modalidad que se elija. Los autores de malos libros, por cualquier mano que circulen, recorren un solo asunto como la única verdad: que el hombre es el centro y el fin de todo. Sea en el pescante de una carreta o en el volante de un automóvil, quien conduce un vehículo con estas ideas a bordo es nada más que un chofer.

* * *

En el año 2009, el escritor Heriberto Yépez le dirigió estas líneas a Carlos Fuentes, el reconocido autor mexicano:

“Primero que todo, obviedad, usted construyó parte de la mejor literatura mexicana. Y sospecho que –y he aquí parte central de la presente carta tránsfuga– la novela mexicana contemporánea se trata de la fragmentación de las distintas novelísticas implícitas en su obra. Unos se quedaron con su afán polifónico-totalizador; otros con su afán minimal-estilístico. Y en el futuro otros se quedarán con su novela para lector común. La literatura no es angelical; es consanguínea de las condiciones psicohistóricas de su época. Por ende, su forma literaria refluja la estructura del Partido Revolucionario Institucional”. La cursiva no es mía.

Si las ideas dependieran solamente de la expresividad, de la imaginación, del formato, de la disciplina ideológica, de la cantidad de ejemplares o de los premios de los jurados, difícilmente encontraríamos algo de buena literatura en el mundo. Nadie podría calmar la sed con agua limpia.

Pero las mejores obras, y todos los pensamientos que aún responden al impulso original de la vertiente, seguirán encontrando cauces protegidos. Se habrá empequeñecido esta realidad, se habrá angostado, pero aún existe y siempre hallará su curso.

En 1945, con motivo de la publicación de Vocación de escritor, de Hugo Wast, Castellani le había enviado al autor una carta, de la que copio un fragmento:

“Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo” (leer completo).

Como se ve, dos formatos distintos, de escritor a escritor. Pero ya estamos empezando a hablar de cosas extraordinarias, así que mejor sigo en otro momento con estas desmañadas reflexiones sobre el librerío en el que estamos metidos.

El principal secreto del oficio

por Alejandro Bilyk
25/09/12

        No hay expresión mejor, ni tiempo para buscarla. Vaya así: el principal secreto del oficio son las deudas.

        La explicación es simple.

        Lo común es que pensemos en aquello que dimos y en aquello que hicimos, en lo que somos y en lo que queremos; en nuestros sueños, nuestros talentos, nuestros sacrificios. Lo común es pensarnos.

        También es común que depositemos nuestras ocupaciones y preocupaciones a los pies del Señor, de María santísima, de los ángeles y los santos, destino de nuestras plegarias y de nuestro culto. Es común este ir y venir entre el cielo y nosotros mismos.

        Y, dentro de todo, es común también que pidamos por los próximos, y que por ellos demos gracias.

        Pero agradecerles a ellos, ser agradecidos con ellos, eso no es común.

        Los familiares, los amigos, los maestros, los benefactores, vivos y muertos.

        En cada punto del viaje, alguien nos dio algo sin exigirnos mucho. O nada, ni el acierto.

         Pero no llevamos registro riguroso. Nos distraemos. Volvemos a concentrarnos en el curso de nuestra propia estela. Olvidamos que seguimos endeudados.

       Luego, a la hora de la injusticia, nos preguntamos por qué. Cuando llega la ofensa, nos defendemos y nos indignamos como si no la mereciéramos.

        La merecemos. Por la desmemoria.

        Hay que aplicarse a ubicar los lugares, evocar los momentos, reconocer los rostros. Nombrarlos.

        En verdad, es el principal secreto de cualquier oficio: ser agradecidos.

        Es, en sí mismo, un oficio.

        Una cuesta, un ascenso impostergable: subir más arriba de lo que dimos o devolvimos, pues aun eso dependió de lo que recibimos. De la generosidad, de la sabiduría, de la experiencia, de la amistad, de la confianza, de la compañía, del amor de los demás.

        Sin ellos, no hubiéramos podido.

        Cada día, y especialmente en la hora de la prueba, grande o pequeña, recordemos nuestras deudas.

        Pidamos a Dios que nos ayude a no dejar atrás a nuestros silenciosos acreedores.

        Si nos tomamos el tiempo necesario, si hacemos el silencio suficiente, si nos ponemos a considerable distancia de nosotros mismos, recordaremos todo y recordaremos a todos.

        Cada uno debe estar dispuesto a editar éste, su ejemplar único, el más impagable entre los libros de los hombres.

Respuesta de un editor de Castellani

por Alejandro Bilyk
20/09/12

        Los que me conocen saben lo que pienso respecto del anonimato. Un “seudónimo” es aceptable, y hasta agradable, pues mediante su utilización más o menos periódica alguien agrega otra cosa de sí, un rastro a modo de figura. Como “Militis Militorum”. O, en grado superior, un “heterónimo”, que ya es un otro yo, una especie de personaje que uno construye sobre sí mismo, elaborando casi una segunda personalidad, de manera continuada. Como “Jack Tollers” quizás. En ninguno de ambos casos, seudónimo y heterónimo, el objetivo último del portador es ocultarse. No para siempre, ni del todo, ni de todos, ni de muchos. Por eso, bien llevados, son un distintivo adecuado, útil y benéfico. El anonimato es, por lo general, todo lo contrario.

        Ahora bien, ¿de qué voy a hablar, de plata o de Castellani? Por cómo se dieron las cosas, y para que los juicios oscuros no se extiendan (tópico argentino), vamos a tener que empezar hablando de plata. Una macana, pues debo hacer anotaciones personales, cosa que no me gusta. Pero conozco a muchos de los involucrados en estas acusaciones, aprendí de sus aciertos y de sus errores, y vi y oí cómo se los monstruifica con ligereza. Así que lo haré no sólo por mí, y lo haré lo más rápido posible. Al fin de cuentas, no pueden un par de fantasmas entrar pisoteando todo y empezar a tirotear injurias para ver a quién le aciertan.

        A lo largo de una década y media edité algunos de los títulos de Castellani, según contrato firmado en 1989 con Irene Caminos, su primera heredera, a quien pagué lo que correspondía y del modo establecido. En lo económico, la “ganancia” por la venta de las ediciones fue lenta, y en varias ocasiones, y al final en su conjunto, casi se asoció con la pérdida. Sólo para que sirva de ejemplo: 1500 ejemplares de “El Evangelio de Jesucristo” tardaron ocho años en agotarse (muchos se donaron, no todos los que se vendieron se cobraron, etc.). El propósito era mantener en existencia, o sea reeditar contínuamente, los títulos más conocidos, antes de pretender los inéditos. Sólo en dos casos lo logré, y aún conservo ejemplares. Cometí una enorme cantidad de errores, pero si hubo algún “perjuicio”, no pasó de mí. Hablando en plata, se entiende. En lo espiritual y moral, todo fue ganancia. Aprendí, entre otras cosas, que al tratar con alguien como Castellani, los números y los dineros no deben estar en segundo lugar, sino en último lugar. Pero hace ya mucho que abandoné las cuentas de los primeros años, cuando hacía sumas y restas hasta con la bombilla. Aclaro que no me siento especial en nada: muchos otros hicieron cosas parecidas (y mejores) y penaron parecido (y más).

        No es lugar para hablar de las peripecias de un editor, o de cierta clase de editores, así que alcanza con una breve información: para obtener verdadera “ganancia” habría que editar 3.000 ejemplares de un libro y venderlos (cobrarlos) en un plazo máximo de dos años; agotada esa edición, hay que dejar pasar un tiempo prudencial (conveniente) y reeditar al menos una cantidad menor, si es que no se puede una igual. Y así seguir –reedición, pausa, reedición–, estirando un poco las pausas. No olvidemos el objetivo: mantener siempre en existencia la obra de un autor. Eso, por supuesto, no con un solo título, sino con diez a la vez, en el mismo año. No olvidemos la estrategia comercial: obtener verdadera ganancia. Escucho... De acuerdo, bajemos un cambio: 2.000 ejemplares, no 3,000; y 5 títulos en un año, no 10. Pero cada año, cinco más, como mínimo, y en las mismas condiciones. Se necesita un capital, ¿no? Espero quede claro que este iter ya no es para nosotros, desde hace muchas décadas. Y aun el “proyecto comercial” que sí nos resulta posible (bastante menor, claro), no es para gente que sepa demasiado de balances, proyecciones financieras, etc. Es más bien para gente que de eso sepa poco y nada. Lo óptimo: gente antidepresiva y sorda. Tal vez algunos supongan que un editor lo primero que hace es adquirir un teclado mágico: primer botón, libro armado; segundo botón, libro impreso; tercero, libro distribuido; cuarto, libro vendido; quinto, libro cobrado; sexto, peso pagado (deudas, cuotas, derechos); séptimo, peso ahorrado; octavo, peso invertido. Entre el primero y el último, o sea entre el libro anterior y el libro siguiente, un movimiento velocísimo, casi etéreo, ¡zazám!, y una pila de rupias para el editor...

        Quien no conoce, mejor que pregunte, o que haga silencio, o que practique el oficio. Y que lo practique acá. Hay mucha leyenda en torno a los editores argentinos, mucho sainete. Hablo en especial de los “nuestros”. Delirios y torpezas nunca faltan, no lo voy a negar, ni me excluyo. Pero, ¿quién conoce algún autor “nuestro”, algún editor “nuestro”, o incluso algún librero “nuestro” que se haya enriquecido? Vean, cada uno se rompe el lomo con lo que elige y le toca. Atendiendo demandas, dando clases, cerrando balances, arreglando autos, lo que sea. Yo llevo más de veinte años dedicando la mayor parte de mis días a esta editorial, y a veces temo que empiecen a aparecerme números de página en el culo. Parece que algunos miran a “nuestras” editoriales, las que quedaron, y ven a Emecé o a Planeta. Para comparar con justicia deben viajar al pasado y buscar, por caso, la editorial Itinerarium, de Antonio Vallejo, o la editorial Difusión, de Luchía Puig, que llegó a ser la más grande de las católicas de Hispanomérica. Recién asomaba Castellani y ya la gente leía a León Bloy. Prevalecían los narradores más prolíficos, como Manuel Gálvez y, sobre todo, Hugo Wast, cuyos libros contaban varias ediciones y se publicaban por decenas de miles de ejemplares. Eran muy otras épocas. Ahora vuelvan al presente y miren el entorno. En principio, aquellas editoriales, mejores y realmente grandes, ya no están.

        Estimados, se perdieron demasiadas cosas por el camino.

        Y no hizo falta mucho andar. Lugones, Marechal, Anzoátegui, Castellani (sigan ustedes), y los que los editaban, y los que los vendían en sus librerías, sin osar ponerle cerca un libro contradictorio, ¿cuál de ellos fue el ricachón? La idea de editar a Castellani se me cruzó en una época distinta, finales de los 80, siglo pasado, en el mismo momento en que se me ocurrió ser editor. Época algo adormecida, digamos, porque hacía rato que no se publicaban sus obras: poco menos de diez años entre el último título de Dictio y el primero de Vórtice. Baches en el continuum. Y Dictio, por medio de la cual conocimos la mayoría de sus obras, tampoco está. ¡Cómo afanó ése!, me dijo un tipo después de bajarse del taxi. “Ése” no llegó a escucharlo. Se iba caminando despacito rumbo a otra librería, con los dobladillos rotos y una bolsa de nylon agujereada por libros. Caramba, ¡cómo se equivocó! Puede ser, puede ser. Mejor no quiera saber.

        A la fecha, algo ha mejorado, quizás fruto de la pujanza de los herederos de Militis, que en lo esencial todos lo somos y, gracias a Dios, cada vez son más. Ojalá me hubiera tocado empezar ahora. No sólo porque Castellani parece estar “en alza”, como corresponde, sino porque se habría encontrado con un editor más experimentado, como lo merece, aunque igual de exitoso. En aquel entonces, para poder editarlo, empecé por pagar. Bastante. Era joven, soltero, obstinado. Había que “destrabar” los derechos, así que: crédito, pumba. Pagué antes, pagué durante, pagué después. Pero tuve un buen amigo, se puso a mi lado... Ni se me ocurrió pretender algo más que publicar algunas de sus obras. Se quejaban de que nadie ponía plata para editarlo, pero cuando conseguí la plata y lo hice, se quejaron de que intentara recuperar al menos una parte antes de seguir pagando... No llegué a ver el “negocio”. No lo había. Qué sé yo, llegué demasiado temprano.

        Cuando al tiempo apareció, en tierra mendocina, el Instituto Padre Leonardo Castellani, una vez que dejé atrás el resquemor (me la vengo bancando a duras penas ¿y ahora vienen éstos a publicar los inéditos del cura?), al fin me entusiasmé con el objetivo: sostener y difundir la obra de Castellani entre varios, mantenerla siempre publicada y vigente. Era una idea apropiada: una estructura orgánica simple y amical que oficiaría de heredera y custodia, en la que todos los interesados podrían participar de algún modo. Y que saldría a rescatar su biblioteca, sus manuscritos, para ponerlos al servicio de todos, en forma seria y ordenada. Era una idea buena, y sigue siéndolo. Y sigo sin entender por qué no se mantuvo. Pero nunca me llegó una invitación para participar de la “compra” de los derechos sucesorios, sino para aportar a las ediciones de Jauja, cuya ganancia se destinaría a la constitución del Instituto, y a más ediciones. Habré prestado poca atención. Ni sabía que ciertas cosas se podían “comprar”. ¿Se compra una herencia intelectual y espiritual? Y si se funda un instituto para que sea depositario de una herencia, ¿cómo y por qué puede desaparecer el depositario sin que desaparezca la herencia? No sé, qué sé yo, estaba naciendo mi tercer hijo, llegué tarde y medio dormido.

        Desde que me acerqué a Castellani como editor, a cada paso me encontré con dificultades, acusaciones, disputas, murmuraciones, reclamos: una suerte de estigma retroactivo que caía sobre cualquiera que se le arrimara demasiado. Recibí piñas que ni siquiera eran para mí. Y, salvo mis amigos, no noté especial entusiasmo. Pero me engañaba. Cuando presenté mi primera edición, el Apokalypsis, libro en el que me empeciné, me reconfortó encontrar un gran salón universitario lleno a reventar.

        Se vendieron veinte ejemplares. Había que remar mucho todavía, y más lejos. Pasado el tiempo suficiente me acostumbré. Bueno, es un decir, pues por lo que se ve y se lee, ese estigma sigue vigente.

        ¿Vulnerar derechos? ¿Falta de pago de “regalías”? ¿De qué hablan?... La “victoria” de los demás fue igual que la mía. Cuidado con lo que dicen. Diciendo eso demuestran que saben poco y nada. No golpeen con palos de sombra. Traten al menos de no ser indecorosos, hablando en público y dando a entender que estuvieron espiando por la ventana. Pregunto: ¿qué “otras personas” tienen derechos sobre las obras de Castellani? Hasta donde sé, sólo uno más y sólo una obra, y le pertenece con toda “licitud”. Otra: a la fecha, ¿quién le debe “regalías” a quién? Por mi parte, nones. Me dolió rescindir los derechos que había obtenido a un alto precio, en todo sentido. Me convencieron de que fue legal; no me convencieron de que fue justo. Pero ya no me quejo. Y no recordaría ni diría nada, de haber más libros de Castellani y menos decidores de macanas.

        Pero pero, la gran siete, ¿de qué hablamos, de plata o de Castellani?

        Porque, con todo, desde que me acerqué a él como lector y discípulo enano, me encontré también con mucha buena gente que compartía la misma veneración y el mismo agradecimiento, y que buscaba a su lado lo único que a él lo desvelaba: abrir el seso. Si nada más que sus manuscritos o mecanografías hubieran llegado a unos pocos argentinos y sobrevivido al tiempo, a modo de incunables en un pasamanos, entonces sería entendible que alguno, cualquiera, se considerara el lector inaugural o el editor primicia y denostara el escaso reconocimiento que Castellani tuvo entre sus compatriotas. Digan lo que digan, no fue eso lo que ocurrió. Lo cierto es esto: en su país natal se llevaron a cabo homenajes, conferencias, jornadas, celebraciones; se le dedicaron innumerables artículos y ensayos, además de una biografía que es como un edificio construido en forma laboriosa e inteligente (y malamente editada). Por supuesto, y sobre todo, se hicieron continuas ediciones y reediciones de sus obras. No en la cantidad necesaria para permitirle, ni a él ni a nadie, una fastuosa vida clandestina, pero sí la requerida para que su obra siguiera un rumbo tranquilo y viviente, como pedía él para las cosas del Reino de Dios. Muchos argentinos, merced a esa dedicación discipular, lo siguieron conociendo, queriendo, leyendo y releyendo a lo largo de varias generaciones, hecho que puede atestiguar hasta el último descubridor y el alumno más conspicuo, si recuerdan sus pininos como lectores.

        Es menester este reconocimiento, no justamente lo contrario, para establecer un ánimo y una lengua común, e incluso para poder ofrecer al recién llegado una correcta bienvenida. En vez de censurar imaginarios intereses torcidos o calificar de manera injusta e impiadosa la tarea de los demás, deberían valorarse debidamente los esfuerzos precursores, el agradecimiento, la admiración y, en fin, el amor sincero que muchos habitantes del reino de Dulcinea le han tributado siempre al padre Castellani, al tratar por todos los medios, tanto ayer como hoy, de que los demás lo conozcan. Es un afecto espiritual, casi visceral, de mutua correspondencia. Por las mismas razones, el blog Castellaniana merece nuestro mayor respeto.

        “Ese amor a las cosas del país fue uno de los nervios centrales de su obra, de su empeño, de su concepción de la santidad” (Sebastián Randle). “Parece cierto, para mí al menos, que la Argentina es mejor porque existe Castellani” (Eduardo Allegri). “Castellani dice que lo que tiene que haber entre cristianos es amistad, no tanto frías relaciones institucionales [...] Tal vez sean épocas duras, de intemperie, pero por eso mismo toda institución que merezca este nombre tiene que estar vivificada por la caridad, por la verdadera amistad” (Jorge Ferro).

        Pobre Cura Loco. Su visión universal no se apartó de su amor nativo, no lo desalojó; al contrario, lo fortaleció. Con ojo de vidrio y todo, logró traspasar la opaca materialidad de nuestra vida. Hosco y retobado como era, se esforzó en enseñarnos a tener ojos mejores. No por nada quería “escribir buenos libros y regalárselos a la República Argentina”... Es duro recordarlo, por estos días y en este lugar, donde hace ya varios años que no se edita nada suyo. Quizás exista la ilusión de que Castellani cambie el mundo, o un país. Vamos. Puede sin duda cambiar el mundo de muchos; y, con el debido tesón, hasta es capaz de cambiar ese pequeño país que es una familia. Pero cualquier otra cosa le pertenece a Cristo, a quien él adoró y predicó. ¿Qué más le podemos  pedir, aparte de su talento genial para ayudarnos a mirar al Señor, a la realidad, a los demás?

        ¿Libros “colgados” o “clonados”? Es un error y la negación de un derecho. Pero la ausencia de la mayoría de sus obras, y el desembarco de ediciones españolas en cuentagotas y a precios hiperbóreos, conduce necesariamente al caudal informático; y, a la vez, deriva en este goteo de fotocopias de lujo. Lo cual es, de algún modo, un signo de salud, como una boqueada de pez fuera del agua. No lo apruebo, lo explico. Pero se remedia fácilmente. Por ejemplo, convocando argentinos que quieran correr el riesgo de editar nuevamente a Castellani (conozco algunos). Por ejemplo, haciendo ediciones digitales de algunas de sus obras, incluso ofreciendo gratuitamente aquellas de más difícil éxito “comercial”, o de más necesaria lectura masiva. Por ejemplo, volviendo a intentar lo del Instituto, ¿por qué no? Lo que se pueda y se quiera. Lo que importa es que nos orientemos a pensar en estas cosas y de una vez por todas dejemos atrás el conventillo.

        Hay un derecho primero en el que nos debemos concentrar: que los argentinos puedan leer a Castellani. Es un derecho que es un deber. Forma parte de su otro testamento, sin sede judicial. Sobre éste cabalgan todos los demás. Que el potro vaya después hacia donde lo lleve el viento de Dios y las regalías a quien corresponda. Ojalá esta trifulca nos ayude a encontrar un mejor camino, para que las cosas vuelvan a su quicio. Lo ideal sería ponerlo a disposición de todos, jerarquizar ganancias, soportar pérdidas, restaurar bienes comunes, darle un destino adecuado, practicar entera justicia, cumpliendo toda cláusula y sin transgredir ninguna. Como es natural, sólo los argentinos somos capaces de amar del mismo modo ese tesoro concreto del alma que es nuestra patria.

        Por mi parte, si no lo edité más, fue porque a partir de un mal día ya no me dejaron hacerlo. Y punto. Nadie me debe nada y nada le debo a nadie. Hablando de plata, se entiende. Y no sé de ningún autor, ni heredero, ni editor, ni librero, de los “nuestros”, que haya recibido en su casa un carro de monedas, ni siquiera una carretilla de pagarés. ¿Alguien conoce alguno? Más claro: lo nuestro, aquí, no es negocio. Es una tarea de ganancia escueta y ajena al calendario regular, en la que sólo se sobrevive con perseverancia, así de sencillo. Qué tanta historia. En otro país será otra cosa, me alegro, que aproveche. La satisfacción, el orgullo, el placer del deber cumplido, ocupan otra habitación en esta tierra.

        Castellani es docente de amores altos y ciertos: leerlo y promover que otros lo lean es una buena idea y una buena tarea. Y es razón suficiente para que nadie en ningún lugar pretenda poseerlo. Lo cual no hace mella en ninguna ley. Que siga el derecho, nadie se opone, pero que siga derecho. Sin duda, la mayoría de nosotros entiende que, en medio de esta desolación, es necesario hacer otro tipo de cosas y este tipo de cosas hacerlas de otro modo.

        “Ay del pueblo que no acepta los maestros que Dios les manda”. Ay de nosotros, que tal vez nos merecemos poco... Pero, miren ustedes cómo es la vida, el propio Castellani insistía en que nos merecemos más.

        Yo sigo estando de acuerdo con él, por esas cosas del amor primero.

De qué se trata

por Alejandro Bilyk
20/08/12

 

 

        Figuran entre las cosas más importantes que se pueden ofrecer a los demás en estos tiempos: los buenos libros, las buenas letras, los buenos pensamientos. Si hay algo que le da aún más relevancia a dicha tarea, es que puede ser realizada por cualquiera. Equivale a acercar los mejores maestros en una época de escasos magisterios e insignificantes docencias. Y en muchos casos es contribuir a una doble resurrección, la del autor y la del lector.

        La contraparte, sin embargo, goza de los mismos beneficios. Pero de acuerdo a una lógica prosaica, son sus hacedores los que se benefician de manera abundante. La diferencia entre los buenos y los malos libros, entre los buenos y los malos maestros, no ha cambiado un ápice desde que maestros e ideas existen en el mundo: o la búsqueda honesta de la verdad, que se inicia en lo que se ve y desde allí accede, con esfuerzo, a todo lo que es y debe ser, o la prepotencia del antojo subjetivo, que da comienzo en lo que se desea ver e inevitablemente concluye en lo que nadie desea. Las mismas dos alternativas de siempre: el descubrimiento de la realidad o el desentendimiento de la realidad; el ascenso que sigue a la contemplación del ser y la admiración ante un orden establecido, o el descenso promovido por la fruición de sí.

        Parecen dos caminos: no lo son. Si hablamos de un verdadero camino, un camino que se prolonga desde un punto de partida hasta un destino cierto, y cuyo trayecto efectivamente se puede llevar a cabo, sólo existe uno. Hay un único camino posible, aunque bordeado de paisajes provisorios, espejismos crueles y estaciones de fervor inútil. Con todo, no es poco frecuente el tránsito entre ese camino primordial y los múltiples y fugaces recorridos paralelos. Algunos viajantes cambian de senda, para bien o para mal, llevados por algún punto de nobleza y desprendimiento; o, en sentido contrario, por la ilusión estéril de un destino claro y distinto. Otros, por último, de un lado y de otro, logran apenas mantenerse en el límite o cerca de él; están más atentos a los sucesos de la otra zona. Así ocurre con el hombre en la historia, el peregrino pensante. Ésta es su aventura feliz o desgraciada.

        Por eso, en la galería de Autores (principalmente contemporáneos), una vez asegurado el criterio de selección y establecidas las predilecciones personales y las referencias editoriales, he tratado de extenderme hacia otros nombres y obras no tan cercanos; esto es, de ser lo suficientemente abarcativo, aunque sin traspasar cierta frontera doctrinal y espiritual. No de todos comparto todo y, en algunos casos, apenas algo. Pero incluso ese aspecto parcial se me impuso interiormente como indicador de realidades más complejas, búsquedas intelectuales que deben considerarse o análisis críticos que merecen intentarse. Quedan así expuestas, por cierto, muchas supuestas contradicciones que, o no son centrales, o solamente lo son en apariencia. O respecto de las cuales faltaron tiempo y voluntad para desarmarlas o atenuarlas; y quizás hasta sobraron indignaciones e intereses de grupos y particulares. Sobre todo en nuestra patria, actual tierra de nadie, clímax de la chatura horizontal y la desemejanza vertical.

        También en lo que se refiere a mis disgustos personales me he anticipado a esbozar, desde el inicio, en esta sección, un rumbo definido. Por muy obvio que resulte, hay un registro que determina nuestra oposición al pensamiento y la obra de algunos autores, a los que fácilmente podría señalarse, en cuanto a su difusión, con todos los calificativos del éxito, pero que en realidad preferimos indicar con el epíteto de la masividad. Nombrarse católico supone herencia y reverencia. Para cualquier otra cosa convendría nombrarse de otro modo.

        Frente a quienes se proclaman agnósticos, escépticos, o algo parecido, no recrudece mi adversidad, salvo que opten por la decidida militancia contra la fe o el sentido común, y conduzcan al hombre al odio y la enemistad. La búsqueda, la inquisición sincera y leal, no me presenta mayor problema; es incluso necesaria. El problema crucial radica en la apostasía disimulada, la prédica traicionera y la mil veces fracasada revolución de la inmanencia, que trastoca el valor real de la subjetividad y siempre viene acompañada de la vanidad del cambio y la mudanza. Me opongo, en definitiva, a todo lo que participe en la construcción de ese hombre abolido que mentaba Lewis, ese hombre descendido y aplastado, caído de Dios sobre sí mismo. Rebelde, desaprensivo, manipulable. Un hombre arracimado en una nueva y versátil especie zoológica, más acorde con un mundo de mutantes.

        Aquello a lo que se refieren todas las obras y tratados nacidos en el Evangelio y los variados estilos de pensamiento fieles a la doctrina de la fe, tiene comienzo en la Encarnación del Verbo, se continúa en la comunión de las personas sostenidas en el sacrificio eucarístico y se alza por encima de toda catástrofe histórica, general o individual, en virtud de un fin sobrenatural. Pase lo que pase, aquí y ahora, con las construcciones humanas, entre las cuales tienen primacía la familia y la amistad, ámbitos esenciales de la existencia.

        El itinerario del hombre no consiste en una compenetración de anhelos y zozobras individuales en torno a un reseteo cíclico, ni en formidables estructuras dinámicas. Se trata, al fin de cuentas, de llevar una vida buena cimentada en la esperanza y la caridad, de las almas personales y de su pertenencia al cielo, no de un flujo introspectivo, un sistema eficiente o un magma participado. La indistinción, la falta de discernimiento, la propedéutica de la masificación, son las herramientas más eficaces para alcanzar la ruptura y la desunión. Pero es difícil contar con que detenga su marcha esta suerte de espiritualidad terapéutica, mundanizante, que se propone causar su mayor efecto en el afecto, fingiendo una estatua del hombre, distrayéndolo de los seres y las cosas reales, visibles e invisibles, y desmantelando su inteligencia, instrumento primordial, la facultad primera con que ha sido presentado ante la creación.

        Pese a todo, repito, la adversidad no obliga a la enemistad. Confío en la discusión seria, que no excluye ni la reciedumbre ni el buen humor, y en el aporte sensato de los que deseen acercarse. Quiera Dios que esta tarea resulte un buen servicio.

Desde la vereda (1)

por El Editor
11/07/12

–Hola. ¿Tenés libros de Küng? –preguntó el sonriente señor.

–No. Probá en Marista.

–Mpff... de Marista me mandaron acá.

–Qué raro. Se equivocaron. A veces pasa.

–Pero ¿tenés libros católicos?

–Sí. De Küng no... ni de Melo, ni de Álvarez Valdes, ni de Teilhard, etc.

–¿Mmm...? No entiendo, ¿no tenés libros de la Iglesia Católica?

–Sí, de la de Cristo.

–¿Uhh? Estee... También me dijeron de otra librería que queda en...

–¿En? Ah... no sé. Me parece que ahí tienen cosas de Grün, pero fijate.

–¿Grún? ¿Es parecido?

–Es el mismo, letras más, letras menos.

–Ohhh... mmm... ¿puedo pasar a mirar?

–No atendemos minoristas.